así creyeron los genios del renacimiento que se podría viajar a la luna

El desarrollo de la astronomía científica en el siglo XVII despertó una renovada curiosidad por la Luna, a la que algunos imaginaron como un planeta habitado al que el hombre podía viajar.

Gustave Doré   In Elijah's chariot, St  John and Astolfo travel to the moon

En el Orlando furioso (1516), Ariosto imaginaba que el príncipe Astolfo, en busca de un elixir que devuelva la razón a Orlando, viaja a la Luna junto a san Juan en el mítico Carro de Elías, tirado por cuatro caballos. Grabado de Gustave Doré.

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Desde la antigüedad y a lo largo de la Edad Media, la Luna, el cuerpo celeste más cercano a nuestra Tierra, tenía el valor de una frontera. El universo se dividía en dos sectores: lo que estaba por debajo de la Luna, el mundo en constante mutación en el que viven el hombre y los demás seres, y el mundo supralunar, reino de la perfección y lo incorruptible, donde todo se mueve en círculo, sin principio ni fin. La Luna significaba el comienzo de los cielos.

Esta visión clásica cambió en el siglo XVII, la era de la Revolución Científica. A principios de la centuria, Galileo Galilei traspasó la frontera lunar mediante un nuevo instrumento, el telescopio. En lugar de detenerse a observar a sus vecinos más de cerca, durante las noches del invierno de 1609 Galileo enfocó su artefacto hacia los cielos. Así, sin moverse de su estudio de Padua, el científico florentino inauguró los viajes espaciales. 

En 1610 publicó un librito que tituló Sidereus nuncius o Mensajero sideral, en el que dedicaba un apartado a describir la Luna. Los dibujos incluidos en el libro reproducían el satélite con una orografía parecida a la de la Tierra, con montañas, valles y volcanes de piedra. Con ello, Galileo demostraba que la Luna era un planeta como los demás y no formaba parte del mundo supralunar perfecto, el cual, simplemente, no existía. A partir de los descubrimientos de Galileo, otros autores empezaron a imaginar el satélite de nuestro planeta como un mundo aparte, que incluso podría estar habitado y al que (¿por qué no?) se podía viajar. 

Cellarius Harmonia Macrocosmica   Planisphaerium Arateum

Este grabado de Harmonia Macrocosmica, de Andreas Cellarius (1660), refleja la concepción clásica del universo en torno a la Tierra.

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De hecho, algunos autores de la Antigüedad –como Luciano de Samosata en sus Historias verdaderas– habían imaginado un viaje a la Luna para descubrir a sus habitantes, los selenitas, aunque se trataba de fantasías con un propósito satírico o cómico.

En el siglo XVII, en cambio, el viaje a la Luna se convirtió en algo más serio; no por creer que se pudiera realizar, sino porque se ligaba con las nuevas concepciones científicas, en particular con la teoría de Copérnico de que el Sol ocupa el centro del universo. Fueron los mismos astrónomos –profesionales o aficionados– quienes escribieron viajes imaginarios a la Luna  como una forma de divulgar la nueva cosmología.

El primero de los viajes imaginarios a la Luna que aparecieron en el siglo XVII fue obra del astrónomo Johannes Kepler (1571-1630). Su libro, El sueño, u obra póstuma sobre la astronomía de la Luna, apareció póstumamente, en 1634, pero seguramente fue escrito en una fase temprana de su carrera, pues la obra recogía intereses que Kepler manifestó ya en su juventud. Su Sueño puede considerarse como una obra de divulgación de las hipotéticas consecuencias del copernicanismo. 

LA ATALAYA LUNAR

El libro de Kepler narra un sueño del propio autor en el que éste se ve a sí mismo leyendo un libro que comienza de esta forma: «Es mi nombre Duracoto, mi patria IsIandia, a la que los antiguos llamaron Tule. Fue mi madre Fiolxhilda, cuya reciente muerte me da licencia para escribir, cosa que desde hace tiempo ardientemente deseaba». Duracoto es un estudiante con una biografía parecida a la de Kepler, hijo también de una mujer acusada y sospechosa de practicar brujería y que termina sus estudios bajo la dirección de Tycho Brahe en Dinamarca. 

Cuando regresa a su ciudad de origen, su madre le insinúa que puede realizar viajes increíbles con la ayuda de demonios, aunque esos viajes vayan en contra de las creencias populares. Y en efecto, acompañado de un demonio, Duracoto alza el vuelo hacia la isla de Levania, nombre literario de la Luna. 

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Construida en Padua, esta torre de defensa medieval se convirtió en un observatorio astronómico durante el
siglo XVIII.

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Cuando llega a ese territorio, Duracoto se centra en dos tareas. La primera de ellas es comprender cómo se puede ver el cosmos desde un punto de observación móvil como es la Luna. Este primer aspecto del texto resulta de una gran novedad. Hasta el siglo XVI nadie pensó en describir el cosmos desde un lugar en movimiento. La Tierra era el lugar fijo del universo y eso aseguraba una descripción exacta de lo observado. La introducción de la hipótesis del movimiento de la Tierra supuso un revulsivo filosófico. 

La descripción que hace Duracoto de la astronomía desde un punto de vista lunar era una defensa teórica y técnica del copernicanismo. Se puede dar una descripción astronómica coherente desde un punto móvil, como es la Luna, y por lo tanto no se necesita que el centro en torno al cual gira, es decir la Tierra, sea un punto fijo. La geografía astronómica lunar le resulta sorprendente a Duracoto porque su movimiento se traduce en que la duración de los años y de los días en la Luna difiere respecto a la Tierra. Asegura igualmente que «Levania les parece estar quieta a sus habitantes mientras que se mueven los astros, no menos que a nosotros los hombres nos lo parece nuestra Tierra». 

LA SOCIEDAD SELENITA

La segunda tarea de Duracoto consistía en entender cómo era la orografía de la isla de Levania, sus habitantes y los lugares donde vivían. Kepler dividía las sociedades selenitas por el modo en que veían desde su punto de observación el planeta Tierra, llamado Volva en el texto. Su descripción entraba así en el dominio de lo fantástico.

Mientras Galileo había interpretado la orografía de la Luna como una sucesión de valles y montañas, Kepler usó su imaginación para llenarla de selenitas, e incluso se plantea las consecuencias físicas que podían tener que soportar esos habitantes de un mundo que oscila entre el calor extremo y el frío pavoroso, según estuviera expuesto a los rayos del Sol. 

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Retrato anónimo al óleo de Kepler. Capilla de San Tomás, Estrasburgo.

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Apenas cuatro años después de la publicación del Sueño de Kepler apareció otro viaje imaginario a la Luna, obra de un inglés, el obispo anglicano Francis Godwin (1562-1633). El hombre en la Luna, o un discurso de un viaje hasta allá (1638) era también una obra póstuma; no se sabe cuándo la compuso Godwin, aunque sin duda fue después del Mensajero sideral de Galileo, de  1610. Curiosamente, se presentaba como la traducción al inglés de un hipotético original escrito en español por un tal Domingo Gonsales. 

Mientras que el Sueño de Kepler tenía un carácter astronómico, el libro de Godwin puede leerse como una novela de aventuras. Tras matar a un hombre en un duelo, el protagonista, Gonsales, huye a las Indias Orientales. Luego decide retornar a España y al detenerse en la isla de Santa Elena descubre unos  gansos salvajes de gran fortaleza y se le ocurre utilizarlos como animales de tiro de un carruaje volador, con el que, efectivamente, sobrevuela la isla. 

1707 Homann and Doppelmayr Map of the Moon   Geographicus   TabulaSelenographicaMoon doppelmayr 1707

Homann y Doppelmayr realizaron en 1707 este mapa lunar en base a las observaciones de Hevelius y Riccioli, dos astrónomos del siglo XVII.  

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Continuando su viaje en barco, Gonsales sufre un ataque inglés del que escapa a bordo del carro volador tirado por los gansos. Aterriza en Tenerife, pero los nativos lo persiguen y emprende un nuevo vuelo, esta vez a la Luna. Pasa allí seis meses, hasta que decide regresar porque los gansos se morían y teme no poder viajar de vuelta a la Tierra. Aterriza en China, donde pasa un largo período hasta que vuelve a España en compañía de unos jesuitas.

Aunque la estancia en la Luna era sólo una etapa del viaje, es la que dio título al libro y lo hizo famoso. Godwin imagina que la Luna está habitada por un pueblo de selenitas que habían construido un paraíso, al modo de una isla de Utopía. La causa de la perfección de aquella sociedad lunar radicaba en una costumbre fundamental: cuando sus habitantes descubrían que un niño era malo lo intercambian por un niño terrestre que mostrase bondad.

Así se explicaría que la sociedad lunar fuera tan benévola y la terrena tan maligna. Al mismo tiempo, en el texto de Godwin se traslucen las influencias de la ciencia de su tiempo, en particular la de Copérnico, aunque no reivindica explícitamente su modelo heliocéntrico. 

VIAJES A LA LUNA Y EL SOL

En la estela de Kepler y Godwin, aparecieron en los años siguientes nuevos viajes fantásticos a la Luna, en los que se mezclaba la especulación científica y el propósito satírico. Uno de ellos fue El descubrimiento de un mundo en la Luna, del inglés John Wilkins (1614-1672). Notable filósofo y uno de los fundadores de la Royal Society, Wilkins publicó ese opúsculo durante su juventud, en 1638, para mostrar «que otro mundo habitable podía existir en el otro planeta».

Lector del Sueño de Kepler, Wilkins escribió su obra en forma de una exposición de tesis filosóficas destinadas a probar la posibilidad de que hubiera una civilización lunar. En la segunda tesis defiende que «la pluralidad de los mundos no es algo contrario a la razón ni la fe», uno de los grandes debates intelectuales de la época. 

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Copérnico en una pintura al óleo de autor desconocido. 1580, Museo Regional, Toruń.

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Más revolucionaria aún resulta la obra del francés Savinien Cyrano de Bergerac (1619-1655). Gracias a la famosa obra de teatro de Edmond Rostand (1897) que recrea su vida, hoy se lo recuerda por su larga nariz, sus duelos y su amor no correspondido por Roxanne. Pero Cyrano fue en realidad un filósofo de ideas radicales, lo que en el siglo XVII se denominaba un «libertino», esto es, un ateo. 

Su interés por la ciencia más avanzada de su tiempo inspira su obra El otro mundo, en la que relata dos viajes estelares imaginarios: uno a la Luna y el otro al Sol. La estancia en la Luna le sirve para criticar los prejuicios, la ignorancia y la intolerancia de su tiempo, y a la vez para sacar las consecuencias de la visión del cosmos inaugurada por Copérnico, pues el viaje mostraba la pequeñez de nuestro mundo como un mero satélite del Sol.  

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